Welcome to the machine: La máquina capitalista en “Zelig” de Woody Allen

“El capitalismo no nos vuelve esquizos al nivel de un modo de vida, sino al nivel del proceso económico”

“Welcome my son, welcome to the machine.

where have you been?” (Pink Floyd, Welcome to the Machine, 1975)

¿Se pude pensar la relación entre economía y cultura a través del cine? ¿Qué es lo que escapa al capitalismo y aun así sigue siendo cultura? Una inquietud personal me lleva a preguntar desde cierto tipo de marco conceptual, la manera de escapar a las configuraciones del capitalismo, teniendo en cuenta que lo que hace este es codificar y territorializar absolutamente todo.

EL CAPITALISMO COMO MÁQUINA

Para 1971, Gilles Deleuze impartió en sus clases de Vicennes, lo que sería una introducción al esquizoanálisis como teoría alterna al psicoanálisis y como un modo de entender al capitalismo más allá de un sistema económico. Considero que es un método heterodoxo para examinar la relación entre economía y cultura.

Para entender este modo de interpretar el mundo, se debe hacer lo siguiente: imaginar la sociedad, o más bien, el espacio compuesto por la realidad, como un cuerpo social elaborado a partir de flujos continuos y discontinuos en todas las direcciones, que se juntan entre sí en intersecciones, como haces de luz que dan lugar a todo tipo de máquinas.

El capitalismo en tanto sistema económico imperante, es un gigantesco monstruo de n cabezas que se encarga de dos acciones concretas: la codificación y la territorialización de los flujos. En dos palabras, de dotar al lenguaje de una realidad; de organizarla. El temor de una sociedad está en aquello que no puede controlar, y no en el vacío o en la escasez, y que no es codificable en principio:

“Algo que chorrea y arrastra esta sociedad a una especie de desterritorialización, algo que se derrite sobre la tierra sobre la que se instala. Este es el drama. Encontramos algo que se derrumba y no sabemos qué es. No responde a ningún código, sino que huye por debajo de ellos.”

Las personas son puntos de intersección de los flujos, donde ocurren los cortes. Marcar a una persona, es codificarla, nombrarla, denominarla, hacer del lenguaje realidad. El lenguaje en tanto símil-códigos. La manera cómo se recupera el capitalismo es pasando por debajo un símil-código, como se pasa pavimento por una avenida de la ciudad, tapando los huecos por encima, algo axiomático, que hace que el monstruo vuelva a seguir.

La potencia de recuperación del capitalismo es una especie de axiomática, añade un axioma de más, que hace que todo vuelva a funcionar.  

No obstante, Deleuze presenta el capitalismo, como la excepción de todas las otras formaciones sociales, su negativo, porque a diferencia de estas, cuyo peligro son los peligros sin codificar, el capitalismo vive bajo la existencia y la realidad de flujos descodificados. Es decir, que para sobrevivir, ha sido bajo la conjunción de diversos flujos descodificados. Más adelante dice lo siguiente:

“(…)El capitalismo se ha constituido sobre la quiebra de todos los códigos y las territorialidades sociales preexistentes. ¿Qué significa todo esto?  Que la máquina capitalista es propiamente demente. No es que otras sociedades hayan concebido esta idea, pero la han concebido bajo la forma del pánico. Se trataba de lo que había de impedir pues era la inversión de todos los códigos sociales conocidos hasta ese momento.”

Esta afirmación no es reciente, por el contrario, los críticos de la modernidad, siempre han observado la manera en que el sistema se ha basado en la quiebra de todos los sistemas anteriores, desde 1789 a 2015. En El Manifiesto comunista de Marx y Engels, por ejemplo, escrito en la primavera de 1848, se encuentra una impresión similar:   

“Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces.  Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.”

Para que la máquina demente, funcione, ha de echar tierra abajo todo lo que ha sido tradición, y aun así, todo lo construido, amenazado por lo incontenible e incontrolable, una y otra vez devorado y absorbida, para dar paso a lo nuevo, a otros flujos, como arrojado al centro de una vorágine.

Para poderlo entender el sistema económico, Deleuze propone entender la relación entre capitalismo y esquizofrenia. En lo que es común a ambos permite llamar a la manera cómo funciona la economía, demente. La identidad profunda de ambos se basa en que emiten, interceptan, concentran flujos descodificados y desterritorializados.

La originalidad del capitalismo es que ya no cuenta con ningún código. Hay residuos de código, pero ya nadie cree, ya no creemos en nada. Los esfuerzos por recodificar y reterritorializar todo el cuerpo social, han fracasado, siendo el último de ellos, el fascismo. Por tanto es incapaz de proporcionar un código que se ajuste al conjunto de campo social, y como sus problemas no se plantean en términos de código, lo que existe es una mecánica de flujos descodificados como tal.

Una definición de capitalismo es la de una máquina económica que excluye los códigos y los hace funcionar descodificados a través de una axiomática. Y esto es lo que permite compararlos con la esquizofrenia.

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EL SÍNDROME DE ZELIG

Zelig es una película del año 1983, dirigida y protagonizada por el norteamericano Woody Allen, realizada a partir de la yuxtaposición de rollos de películas y fotografías antiguas, documentos de época, así como filmaciones adicionales y trucos llevados a cabo por el director de fotografía Gordon Wills, entre estos encargarse de rayar y estropear los fotogramas de la película para darles un aspecto antiguo. La película presenta la forma de un documental biográfico en blanco y negro, no siendo otra cosa que un falso documental o mockumentary sobre un hombre que cambia de personalidad, conocido como Leonard Zelig.

Zelig, es una película que, a modo de comparación, permite entender el modo de funcionamiento de la economía en relación a la cultura, del monstruo-máquina del capitalismo, haciendo uso de algunos comentarios del filósofo francés, Gilles Deleuze, respecto al capitalismo y la esquizofrenia, en unas clases de 1971 y publicadas recientemente en castellano por la editorial argentina Cactus.

La historia de Leonard Zelig es la de un hombre extraño y solitario, y la pregunta que se hacen respecto a él es: ¿Por qué engendra diversas impresiones a su paso? Se sabe poco al comienzo, pero su enigmática personalidad, de metamorfosis en metamorfosis, lo lleva de un club de la élite a un garito de humo y jazz, cambiando en cada lugar, su aspecto y personalidad de acuerdo a quien encuentre, sin que  se sepa el motivo de sus extrañas maneras, o la forma en que parece haberlo digerido todo. En una de las imágenes, se muestra a su padre, que en su lecho de muerte, le dio un último consejo: “la vida es un sufrimiento sin sentido”. De esta manera, Zelig es el hombre que parece haberlo digerido todo, actuando de forma muy extraña. Asimismo, personajes de la cultura y vida norteamericanas de la década de los 20 y 30, del cine, la literatura, el jazz, la prensa y la radio, salen retratados junto a él, o afirman haberlo conocido: Susan Sontag, Saul Bellow, Scott Fitzgerald, Eugene O’Neil, el boxeador Jack Dempsey, Cole Porter.

La manera extraña en que se comporta Zelig, se revela en la cantidad de papeles y roles ejercidos por él: rico, demócrata norteamericano, beisbolista, gánster, trompetista, chino, psiquiatra, obeso, negro, payaso, intelectual, rabino, piloto y nazi. Es una especie de camaleón humano que dado que su sistema de seguridad interna, se protege convirtiéndose en lo que rodea; problema que tiene origen en su niñez, a partir de una simple mentira: no haber leído Moby Dick.

En el relato seguido por el filme, Zelig cobra celebridad después de que la policía empieza a seguirle el rastro y al percatarse de su extraña condición camaleónica, lo confinan y diagnostican con un trastorno mental. Se sabe que su problema es fisiológico, no neurológico, pero se desconoce la razón de sus continuas metamorfosis.

Zelig es sometido a consumir droga que le hacen caminar por las paredes. Al salir del hospital, Zelig se convierte en una celebridad y atracción turística. De hecho, falsamente se advierte que en 1935, hacen una película de él: “The changing man”. Con la fama, viene la fetichización, un exceso de artículos con la cara de Zelig. Finalmente llega Europa, donde tiene gran éxito en París, pero poco después lo descubren como un impostor en Roma, cuando estaba dentro del séquito del Papa.

De regreso a casa, la Dra. Fletcher (Mia Farrow) es una psiquiatra que se interesa por el caso de Zelig, y que termina curándolo. Zelig se somete a tratamiento, aunque se resiste a aceptar. Poco a poco la personalidad de Zelig es reestructurada, se involucra emocionalmente con la Dra. Fletcher, empieza a ser su propia persona.

Se cree que su curación fue posible debido a motivos estéticos, y su caso alcanza relevancia pública. Fue ahí cuando comenzaron los problemas. Se le acusa de una que otra cosa, que cometió con una u otra personalidad. Tras el peso de la moralidad, desaparece su rastro, hasta que reaparece nuevamente en Berlin, como un simpatizante nazi uniformado.

La Dra. Fletcher viaja a Alemania, hasta hallar a Zelig para que la reconociera, fugándose y regresando en avión a cruzando el Atlántico, y tras su salvación, se convierte en una figura pública. Es en ese momento, donde se da entender que su problema fue su solución, y lo que es un final feliz, mas no para el análisis, en el que Zelig está por completo curado.

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LA MÁQUINA CAPITALISTA Y ZELIG

Como se explicó anteriormente, la función de la sociedad capitalista es organizar el conjunto de flujos descodificados en una máquina axiomática. Para cerrarle paso a la contingencia, encuentra los modos para crear un código, temporal y por encima, que le permita incluir dicho elemento sin que altere el funcionamiento de la máquina. En este sentido, Leonard Zelig es un sujeto a la manera del esquizofrénico, que resiste a cualquier tipo de codificación, es decir, ser clasificado, denominado, nombrado de alguna manera; la atención que despierta Zelig, es que él es mientras menos lo sea, atribuyéndose los rasgos –o las codificaciones de flujos- de otros en su lugar: no es él, ahora es negro; ya no lo es, toca en con Duke Ellington; pero no se detiene, y ahora enarbola la bandera del Ku Kux Klan o tiene un bigote a la nazi. La metamorfosis, no es solo la forma en que Zelig protege su identidad, sino el mecanismo para hacerle jaque al sistema sin consideración alguna por el origen, raza o clase social.

La emergencia de un fenómeno anómalo conlleva al sistema a paralizarse y actuar en consecuencia. El camino que sigue Zelig para su inclusión a la sociedad, a la que se mencionan como curación, empieza con el despliegue de tecnologías que buscan controlar a Zelig: conocerlo, explicarlo y controlarlo. Es así como la psiquiatría procura encerrarlo y drogarlo, e incluso, su supuesta recuperación atraviesa la medicina. Lo que no se dice, es lo parecido que es Zelig a la sociedad que busca curarlo; como aquella resistencia a la codificación, fue la que definió también el curso de unos años atribulados, el flujo descodificado del dinero y del capital, rompe con cualquier código para imponer un ciclo que comienza y termina en el mismo lugar: dinero igual a dinero. Aquello es lo que define una época ante la heterogeneidad. Esa es la razón por la que Zelig sea comparado irónicamente con el capitalismo como símbolo de inequidad, o el motivo para ser descubierto entre el Papa y los nazis. No sería raro a este paso y en otro contexto, hallar a Zelig en el Veinte de Julio, en una reunión del G-8 o sentado entre el público de una teletón. Lo que hay en común, es una demencia, que distingue al sociedad al nivel de economía, y a Zelig, a nivel de su vida, en su estrategia de adaptación.

Los métodos empleados para curar a Zelig, son en buena medida, infructuosos. Su curación no depende por entero, de la sociedad, ya que esta es incapaz de suministrar un código, que le de un lugar. …

CONCLUSIONES: ECONOMÍA Y CULTURA

¿Qué es lo que escapa al capitalismo y aun así sigue siendo cultura?

¿Algún tipo de ejemplo? Sí, uno clásico: Van Gogh. La figura del pintor holandés es precisamente la de Artaud, quien lo considero el suicidado de la sociedad. Primero lo denostan y crucifican, aun a costa de una experiencia más cercana, y fehaciente de la realidad. No la realidad de un realismo, sino aquella otra que media entre el artista y el mundo, y que trae consigo el acceso a una experiencia. La experiencia única de comunión, aquella que hacen que los girasoles de Van Gogh, en pesados trazos de óleo, proyecten vida y movimiento; o que aquel hombre de un cuadro de un suicidio, nos parezca tan desgraciado y tan cercano, como si llamas salieran del suelo de madera, la silla balanceándose en una esquina, y las manos del hombre sobre su cabeza, como un antecesor del Grito de Munch, una auténtica expresión, como en Crimen y castigo de Dostoievski.

Las codificaciones y territorializaciones nos afectan a todos, porque han sido la forma en que nuestros deseos y nuestras personas han sido configurados, mediante un relativo marco de libertades y derechos, deberes y obligaciones, se sostienen bajo un débil soporte, una máscara, en la que todo vale, siempre y cuando el mecanismo de acumulación de la ganancia funcione, de una manera mágica y fetichista, artilugios del lenguaje para encubrir la explotación indiscriminada de personas y la naturaleza, sin límites, desquiciada, y ante todo, esquizofrénica.

La historia sucede como drama, y se repite como farsa. ¿Quieren algún caso en particular? Abundan. Cuando algo parece romper las reglas, cual impacto de un aerolito en la atmósfera, contra la hegemonía, o el paradigma predominante, la reacción inicial de la cultura es opresora, se lanza en ristre contra aquello que se le escapa, para luego dignamente disimular el enfrentamiento, absorbiéndolo, devorándolo como un monstruo, desarmar y rearmar, como un juguete de cuerda, de bienvenido al sistema, y puesto al mercado, y al alcance de todos.

Ese ha sido, por dar un caso, el pacto de una sociedad laica con las religiones: cuando sienta una duda existencial vaya al supermercado, y en la sección al lado de las pastillas de chocolate y las tazas de café, elija el mejor remedio que encuentre para la tensión existencial, para la creencia en el más allá, o más sencillo, hallar su dios personal. Las religiones distribuidas y listas para consumir después de abierto, reposan en estantes con sabores y etiquetas de todos los colores. Es la manera de contenerlas, y que al ponerlas en un lugar común, desde luego, una construcción social de lo que es un lugar de veridicción, lo único sabemos que no son iguales e idénticas ante la fe, sino bajo el mercado, que funciona como la única ley, máquina centrifugadora que destruye todos los discursos y los devuelve aptos para el consumo.

REFERENCIAS

Gilles Deleuze. Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Editorial Cactus, 2015.

Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto Comunista

Gilles Deleuze. La imagen-movimiento. Estudios sobre cine1. Barcelona: Paidós, 1984.

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